Desarrollo emocional del niño
Es conveniente referirse al desarrollo del niño tomando en cuenta los diferentes factores que intervienen en él. Los factores constitucionales están formados por la herencia, tanto de aspectos orgánicos (color de la piel, estatura, etcétera) como psicológicos (inteligencia, memoria y capacidad de aprendizaje). Se heredan también comportamientos de muchos de los contenidos inconscientes que se dieron en generaciones anteriores y que se actualizan en el sujeto.
Los factores del desarrollo son aquellas conductas contenidas en la herencia, pero que requieren de determinado tiempo para su maduración (caminar, control de esfínteres, hablar).
Para entender este proceso, será necesario conceptuar el término de madurez, que específicamente, se refiere al desarrollo que ha alcanzado una determinada función para afrontar una nueva experiencia. La maduración del sistema nervioso central (SNC) permite entonces la posibilidad de aprender determinadas conductas. El ritmo de desarrollo de cada individuo es distinto y dependerá del crecimiento y del funcionamiento del sistema nervioso que está estrechamente vinculado a factores genéticos, de nutrición y ambientales.
Para que el individuo logre adquirir diversas habilidades se necesita que el SNC se encuentre con la madurez necesaria para aprender conductas específicas para cada etapa del desarrollo.
Los factores situacionales o ambientales son todas las circunstancias que ocurren alrededor del niño y que influyen sobre su herencia o sobre su maduración de manera determinante.
Cuando el SNC se halla en determinado nivel de maduración se manifiestan nuevas funciones, ejercicios o experiencias que pueden originar grandes cambios en el desarrollo del niño, siempre y cuando en ese momento se proporcione la estimulación adecuada. De este modo, el ambiente también juega un papel muy importante en la maduración del niño, tanto así, que de hecho, organismo y ambiente pueden considerarse una dualidad inseparable.
Al nacer, el niño está provisto de una serie de potencialidades que, dependiendo de la maduración del SNC y de la estimulación que ofrezca el ambiente podrán desarrollarse o no. Cuando el menor ha alcanzado las capacidades necesarias para desempeñar determinada actividad, se dice que tiene la madurez necesaria para realizarla adecuadamente. El ambiente favorece el aprendizaje y ayuda a determinar cuáles de las potencialidades genéticamente determinadas se desarrollarán y cuáles quedarán en estado latente.
La mayoría de los autores conciben la formación de la personalidad como el producto de la convergencia de tres aspectos que actúan de manera global: factores constitucionales, los propios del desarrollo y factores situacionales o ambientales. Sin embargo, para ello es primordial tomar en cuenta el aspecto subjetivo e individual del desarrollo.
Organización de la vida emocional
En el Instituto de Desarrollo del Niño de la Universidad de Minnesota existe un grupo de psicólogos que se ha dedicado desde hace tiempo al estudio del desarrollo del niño, entre las contribuciones de estos autores se destacan las aportaciones de Alan Sroufe (1995) al tema del desarrollo emocional y sus alteraciones.
Este autor considera que el desarrollo emocional de las primeras etapas es vital porque ilustra la naturaleza fundamental del desarrollo como tal y porque pone de manifiesto el vínculo entre la comprensión del desarrollo normativo y el desarrollo individual.
Para Sroufe (1995), desde una perspectiva del desarrollo, es básico preguntarse
cuándo surgen los afectos de determinada forma, pero también cómo lo hacen y además cuál es el lugar de las emociones en la organización total de la conducta.
Todos los observadores que se percatan de la presencia de la sonrisa de un bebé de entre 6 y 12 meses, estarían de acuerdo en que se ha dado una reacción emocional.
Pero qué significa la sonrisa, por qué se dio, son preguntas que podrían recibir distintas interpretaciones. Desde una perspectiva del desarrollo, la comprensión de esta reacción afectiva aparentemente simple requiere de distintos niveles. Es por esto que el desarrollo emocional debe estudiarse junto con el desarrollo cognoscitivo y social, tomando en cuenta la propuesta del holismo de que el individuo funciona como una totalidad y ninguna parte puede entenderse por separado.
Sroufe (1995) postula que las emociones fundamentales son la alegría, el enojo y el miedo que surgen en una relación subjetiva entre la persona y el suceso.
Sroufe piensa que es ventajoso comprender el desarrollo social del niño por medio de una serie de temas y no de etapas. Por ejemplo, entre los 12 y los 18 meses el tema es la exploración y dominio, para lo cual se requiere que quien lo cuida le brinde una base segura. De los 18 a los 30 meses el tema es la individuación y la autonomía, para lo cual se necesita que la persona que lo cuida proporcione una base firme.
De los 30 a los 54 meses, el tema principal es el manejo de los impulsos, la identificación con el papel sexual y las relaciones con los pares, para lo quienes están a su cargo deben ofrecer papeles claros, valores y un autocontrol flexible.
Entre los 6 y los 11 años, debe consolidarse el concepto del yo, tienen que formarse amistades leales, adquirir un funcionamiento efectivo del grupo de pares del mismo género y una competencia en el mundo real. Las personas que están a su cargo deben supervisar la conducta del niño, realizar actividades de apoyo y participar en la corregulación. Esto encaminará al menor hacia una adolescencia sin grandes conflictos.
Considera este autor es que el desarrollo emocional se entrelaza con los avances en el desarrollo social. Dicho desarrollo se da por medio de una serie de fases que van desde las primeras semanas de vida en las que existe poca conciencia de que la estimulación emana del ambiente exterior, pasando por una conciencia inicial de sí mismo y de los demás hacia las relaciones recíprocas diádicas y hasta un compañerismo lleno de interés en el que los niños preescolares han interiorizado valores y poseen los inicios del autocontrol.
Es indudable que este desarrollo socioemocional temprano influirá en el desarrollo posterior del niño, por ejemplo si los preescolares, por dificultades para tolerar la excitación o para mantener la conducta organizada ante la excitación, se aíslan de sus pares, más tarde se perderán de experiencias sociales positivas.
En conclusión, la niñez es la etapa más importante a la hora de desarrollar la inteligencia emocional de los niños por eso debemos dedicarle tiempo y no me refiero al tiempo de calidad, sino al verdadero tiempo de estar con ellos para que se sientan atendidos y amados, así obtendremos adultos que sean atentos al mundo en el que viven y sepan dar y recibir amor.
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